La compra de la primera vivienda y la cultura del ahorro

Nuestros jóvenes viven tiempos complicados para emanciparse y poder llevar una vida ordenada y con perspectivas de estabilidad futura en lo que respecta a la vivienda.

La escasez de vivienda y su elevado precio, tanto para alquilarla como para adquirirla, plantean un verdadero reto para los jóvenes en edad de emanciparse. Un reto que conlleva, en muchos casos, dificultades extremas y que no puede resolverse únicamente con esfuerzo individual.

Precisamente por ello, creo que conviene prestar atención a una herramienta que, sin resolver por sí sola el problema, puede ayudar a afrontarlo: la cultura financiera y, en particular, el hábito del ahorro. No siempre es posible ahorrar, ni todos pueden hacerlo en la misma medida, pero aprender a gestionar los recursos desde edades tempranas puede facilitar algunas decisiones importantes de la vida.

A pesar de las dificultades actuales, creo que también es sano hacer un ejercicio de memoria y recordar que nuestros bisabuelos, abuelos, padres y nosotros mismos, antes que nuestros hijos, tuvimos que bregar con muchas dificultades para construir nuestro futuro.

Algunas de esas generaciones sufrieron incluso hambre en periodos de guerra o de posguerra. Eso no significa que las circunstancias ni las oportunidades fueran las mismas que hoy, pero sí permite recordar el valor que el esfuerzo, el aprendizaje y la perseverancia han tenido en muchas trayectorias personales de distintas generaciones.

Muchos iniciamos nuestra vida laboral con salarios modestos, con el objetivo de evolucionar y mejorar hasta encontrar, con los años y la acumulación de experiencia, oportunidades que nos permitiesen desarrollar una vida profesional, formar una familia, ofrecer estudios a nuestros hijos y, finalmente, jubilarnos tras muchos años de esfuerzo. La etapa de desarrollo personal y profesional entre los 20 y los 35 años ha sido una de las claves para construir el futuro de muchísimas personas.

La cuestión que deberíamos plantearnos es qué parte de esa experiencia sigue siendo útil hoy.

Nuestros jóvenes tienen dificultades importantes, y reconocerlas no está reñido con recordar que prepararse, aprender y esforzarse siguen siendo elementos valiosos para progresar. No garantizan por sí solos el éxito ni compensan todas las desigualdades de partida, pero pueden ampliar las posibilidades de cada uno.

El inicio de la vida profesional no es fácil: hay muchas incógnitas y normalmente estamos buscando nuestro lugar, a menudo con carencias económicas. Pero es una etapa importante para desarrollar el conocimiento práctico en aquello a lo que nos vamos a dedicar, consolidando y ampliando los conocimientos adquiridos durante el periodo educativo.

Es un momento de esforzarse, aprender mucho y adquirir experiencia, sin que ello deba servir para justificar salarios insuficientes o condiciones laborales inadecuadas. Todos hemos oído hablar de personas que han llegado muy lejos empezando con pocos recursos. En muchas de esas trayectorias, el trabajo, el esfuerzo, el aprendizaje y el sacrificio han desempeñado un papel fundamental, junto con las oportunidades y los apoyos que han encontrado por el camino.

Pero, para llegar a adquirir una primera vivienda, hay otro aspecto al que deberíamos prestar más atención. En esa etapa de desarrollo personal y profesional que mencionaba, veo una verdadera laguna que muchos hemos sufrido: la falta de una cultura financiera adecuada.

Somos muchos a los que no se nos ha enseñado la importancia de adquirir esa cultura desde la juventud, empezando por el gesto de un niño que mete parte de su paga en una hucha de barro. Esa acción, por muy simpática y divertida que parezca, puede ser esencial si se convierte en el germen del hábito del ahorro.

Reservar una parte, por pequeña que sea, del dinero que se recibe desde edades tempranas y mantener ese hábito en el tiempo puede permitirnos disponer, años después, de una base económica vital, incluso para contribuir a la compra de una vivienda. No asegura que podamos adquirirla, pero puede ayudarnos a afrontar ese paso con mayor margen y preparación.

Los padres deberíamos fomentar mucho más esa cultura, porque puede ser clave para el futuro de los jóvenes y facilitarles las cosas. No es lo mismo llegar a los 30 o 35 años con ciertos ahorros que sin ellos.

Tener interiorizado ese hábito puede permitir disponer de ese margen para reducir la carga económica de una vivienda o ayudar a afrontar imprevistos a lo largo de la vida, aun cuando también debemos reconocer que, cuando los ingresos apenas cubren los gastos esenciales, la capacidad de ahorro es muy limitada.

Es cierto que nos rodean dificultades de todo tipo. Por eso, conviene que cada uno haga lo que esté a su alcance para preparar su futuro, sin convertir la falta de ahorro en un reproche hacia quienes no han podido ahorrar. Se trata de fomentar un hábito útil allí donde exista margen para desarrollarlo y de ayudar a que ese margen sea cada vez mayor.

No quiero obviar que, dada la situación actual, los jóvenes tienen un problema importante para acceder a una vivienda y que hacen falta respuestas que vayan más allá de sus decisiones personales. Pero creo que ello no debe hacernos olvidar el valor de la preparación y de una buena gestión de los recursos. Quienes vivimos en su entorno debemos ayudarlos a impulsar sus proyectos de vida y a adquirir una cultura financiera suficiente para encauzar adecuadamente su economía.

Diría a los jóvenes: «Vive y disfruta de ser joven, pero no olvides que, aunque no todo dependa de ti, cada una de las decisiones que vas tomando contribuye a tejer tu futuro».

Iñigo Garaicoechea

Iñigo Garaicoechea

Director General de Araxes