Durante décadas de experiencia relacionándome con miles de personas en el ámbito inmobiliario, me gustaría compartir algunas reflexiones en cuanto a los cambios que detecto en la relación de las personas con el ámbito inmobiliario.
Hablar de vivienda nunca ha sido únicamente hablar de ladrillos. Hablar de vivienda es hablar de estabilidad, de aspiraciones, de miedo, de ahorro, de familio, y en muchos casos, de futuro.
A pesar del tiempo transcurrido, sigo teniendo la sensación de que continuamos siendo una sociedad que entiende mejor la vida desde una vivienda en propiedad. Quizás ya no con la misma contundencia de antaño, pero sí como una referencia emocional y patrimonial profundamente arraigada.
Entre los años 70 y 90 comprar una vivienda se veía por una parte casi como una obligación social, una señal de estabilidad y como un mecanismo de ahorro a largo plazo. Realmente había poca cultura financiera más allá del ladrillo y prevalecía la idea de que la inversión en una vivienda modesta acabaría generando un patrimonio importante con el paso del tiempo.
Hoy la situación es distinta, aunque no tanto como pudiera parecer. La compra de una vivienda sigue teniendo un componente de ahorro, casi como si fuera una hucha donde muchas personas depositan mes a mes parte de su esfuerzo económico.
Es cierto que quizás ya no siempre se percibe como una apuesta ganadora y aunque se aprecia que es una fórmula importante para obligarnos a ahorrar de cara al futuro, se combina con el temor de quedar atrapados en las redes de una hipoteca enorme.
Y esta no es una percepción equivocada. Los precios actuales exigen un esfuerzo financiero muy superior al de generaciones anteriores, por ser mucho más exigente proporcionalmente respecto a los salarios.
Paradójicamente, aunque en los años 80 los tipos hipotecarios superaban con frecuencia el tipo del 15%, a la larga se demostró que las personas que adquirían una vivienda en esa coyuntura y ayudadas por la inflación lograban hacer frente a la totalidad de la hipoteca en plazos mucho más cortos gracias a los salarios más equilibrados respecto al precio de los inmuebles y al efecto de la inflación.
De hecho, durante los años 80 los plazos más habituales para las hipotecas rondaban los 15 años, que se fueron incrementando hasta 20 y después hasta 25 años durante el periodo entre 1990 y 1995 aproximadamente.
Es a partir de esa fecha cuando, impulsados principalmente por el alza de precios, el mercado se fue adaptando a plazos del entorno de los 30 años, que siguen siendo habituales hoy.
En contraste, también han cambiado nuestras prioridades. Hoy se valora mucho más la movilidad laboral y personal. Eso explica fenómenos que hace décadas resultaban impensables: personas que adquieran viviendas pero no para vivir en ellas sino como fórmula de ahorro o inversión, arrendándolas mientras continúan residiendo en alquiler en otro lugar que se adapte mejor a sus necesidades vitales, sin que su inversión limite su movilidad y evitando tener que deshacer inversiones, al extremo incluso de que se permiten en ocasiones y pagando un diferencial en alquiler, habitar en viviendas de mayor categoría a las que podrían acceder en compra.
Hoy, el bien inmueble sigue siendo considerando un elemento de ahorro para muchas personas y familias y, aunque la idea de que “comprar es mejor que alquilar” no se impone con la contundencia de antaño, muchísima gente sigue pensando que “el piso nunca falla”, que al menos es “algo tangible” o, incluso, que el “alquiler es tirar el dinero”.
En definitiva, la vivienda ha pasado, en pete, de ser un hogar, el símbolo de estabilidad familiar a convertirse también en un activo financiero: ahí están los pisos turísticos, la compra para arrendar o el creciente peso de pequeños inversores y fondos inmobiliarios. La mentalidad patrimonial no ha desaparecido, pero sí se ha sofisticado.
También percibo un cambio relevante en la sociedad en cuanto al nivel de formación y de acceso al conocimiento que hace que las personas están mucho más informadas en todos los ámbitos relacionados con las transacciones inmobiliarias, más abiertas a entender y conocer en profundidad aspectos en los que en el pasado se desentendían, por ejemplo, en todo el proceso de compra o venta inmobiliaria.
Otro de los cambios más visibles afecta a los jóvenes. Las dificultades de acceso a la compra y la transformación de la mentalidad han llevado a muchos de ellos a compartir vivienda durante años, generalmente en régimen de alquiler. En gran medida, no se trata tanto de una elección como de una consecuencia de las circunstancias económicas actuales, pues en parte no les queda otra opción de vida si quieren independizarse dejando su entorno familiar.
Sin embargo, hay algo que no ha cambiado. Después de tantos años acompañando procesos de compra, sigo percibiendo la misma emoción en las personas cuando encuentran una vivienda que imaginan como el centro de sus vidas. La ilusión continua apareciendo en las miradas, en los proyectos familiares, en quienes sienten que están dando un paso decisivo hacia el futuro.
¿Realmente son más exigentes las personas al comprar hoy que hace 40 años? En principio, yo diría que nos hemos adaptado a las comodidades del estilo de vida actual, pero creo que, independientemente de aspectos como la calidad del inmueble o su estado, lo que prevalece hoy, igual que entonces, es la visión que tienen las personas y la ilusión de convertirlo en un espacio clave para sus vidas. Porque la compra de una vivienda propia, con todas las connotaciones y dificultades que hoy en día acarrea, sigue siendo un acto de ilusión, esperanza, alegría y apuesta de futuro que demuestra que hay aspectos en los que, afortunadamente, no hemos cambiado tanto.
Iñigo Garaicoechea
Director General de Araxes
